Entre las moléculas
de este aire que me asfixia
me limito
a prenderle fuego
a la alfombra, a las cortinas,
me limito
a incendiar la habitación entera
para que sean cenizas
al rato
el sillón rojo
el colchón que costó cien pesos
para se haga cenizas:
la puerta
que se abre
que se cierra
-hastío de madera-.
Le prendo fuego
a la habitación entera
para que se quemen
los gritos
embarrados en la pintura blanca
tragados por el yeso
digerido por los tabiques
y el mortero
vomitados
para que los oiga
en mis aburrimientos
para que los oiga
y no me aburra.
¡Que arda de una vez
toda la casa!
Con sus fantasmas de pesimismo
-el cielo es más techo que su techo-
¡Que arda! ¡Que arda!
y se quemen:
la sala
de terciopelo rojo
las sillas y muebles
del comedor
de no sé qué madera fina
que sea una hoguera
toda la casa
para que sean cenizas
al rato:
la alfombra
y las cortinas transparentes
de la planta baja
que hasta por el fuego sea consumido
el tiempo
asfixiado por el concreto
¡Sí!
¡Que se queme también el tiempo!
¡Que arda!
Que arda y se le hagan cenizas
al rato
sus trozos de hora
y las horas completas.
¡Prenderle fuego a toda la casa!
¡A toda!
¡A toda la casa!
que se queme hasta la misma palabra
e inventar otra.
Más tarde:
recoger las cenizas con las manos,
guardarlas en una caja de cartón...
la mañana siguiente
se las llevará
el camión de la basura.
Montalvo Rodolfo
Sobre las cuatro casas, de 1978 a 2004.
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